Recuerdos de colimba

Soy clase 74. Hice la colimba en la Guarnición de Ejército de Azul cuando tenía 18 años. Padecí cada una de las horas de los catorce meses que estuve en el servicio militar. Un año después vi por la televisión que en una ciudad perdida de Neuquén habían asesinado a Omar Carrasco. Tuve dolor y bronca, pero no había de qué asombrase.


Jota colimba

El sorteo

Lo primero que recuerdo es el número entre tantos números. Inapelable y redondo, bien decimal: 900. Lo primero que pensé fue algo así como “al menos me voy de nuevo de acá”. En el listado figuraba Bahía Blanca o Mar del Plata porque mi número era de los considerados altos y significaba la Marina.

Salí del diario -en esos días había que ir a ver la mala o buena fortuna en el diario- y ya era la tarde. Todo naranja y horrible. No recuerdo la fecha en que se hizo el sorteo, sé que me quedaban algunos meses para hacer la colimba.

Lo segundo que viene a la memoria es estar en casa de mis abuelos con mi vieja. Era un viernes. Se jugaba a la lotería, al chinchón, al monte. El siguiente lunes de ese marzo de 1993 tenía que ir a presentarme a la Guarnición Militar Azul. Yo estaba distraído, como siempre, vivía en casas de amigos y creo que hacía varios meses que no nos veíamos con mi madre. En un momento, entre miradas furtivas de su parte y mutismo del mío, sacó el tema.

- ¿Tenés todo listo para ir el lunes?- preguntó al fin.

- ¿A dónde?- Yo estaba mirando la higuera. La higuera que amaba tanto y bajo la cual tendríamos una charla de despedida con mi abuelastra –título incómodo, porque ella fue mi única abuela total- muchos años después.

- Para presentarte al cuartel.-

- Ah, no. No sé si voy a ir.-

- ¿Te vas a hacer desertor?- Tronó la voz de mi madre y comenzó el rosario de buenas y pobres intenciones, de mujer sistemáticamente sumisa.- Es un horror. Tenés que ir. Y además, ninguno de tus hermanos hizo la colimba y es un orgullo el uniforme- La lista de etcéteras siguió por un rato largo.

Esa fue la primera y única vez que atendí un pedido suyo. Ya había pasado por instituciones totales, ya conocía los golpes, no les tenía miedo a los milicos. Cuando nos despedimos ella lloraba como si me fuera a Malvinas. Se lo dije y salí a ver a la noviecita que tenía en ese momento.

El último fin de semana decidí emborracharme. Era la noche del sábado ya y yo me veía flotar en el arroyo, en la parte utilizada como balneario. Sentía que estaba despierto. Sentía que soñaba. Arriba la noche era medrosamente oscura. Un pálido vapor subía de las aguas y yo flotaba desnudo. Estaba a la deriva o naciendo a otras tierras. Era vida amebando. El agua me golpeaba suavemente en las costillas, en el estómago. El universo me flotaba y yo sentía a lo lejos vagos rumores, sonidos que se congestionaban o se hundían en sí. Daban tonos graves, patinaban, chapoteaban, se acercaban a mí. Tonos que iba entendiendo de a poco, voces: “boludo se tomó la damajuana de vino solito”. “¿Está vivo?” “No lo sé, parece, tiene los ojos abiertos”.

 

Guarnición de Azul

Guarnición de Azul

El ingreso

El lunes llegué cerca de las once de la mañana. La carta que me habían enviado me citaba a las siete. La resaca de dos días de alcohol. El día, de una extraña trasparencia, acentuaban mi cara de dormido. Me recibió un colimba viejo -un colimba que había entrado el año anterior- que se rió cuando le pregunté si por llegar tarde te mandaban a tu casa. Me señaló un tumulto de pibes en medio de un enorme playón.

“Me sumé a una fila vocinglera. Había de todo. Pibes felices, pibes tristes, miedosos, con ganas de demostrar su valentía, pibes patriotas, pibes, todos pibes.”

La fila fue desapareciendo de a poco a medida que ingresábamos a un sitio donde ya los uniformes verdes comenzaban a multiplicarse. Todavía no conocía las tiras pero me daba cuenta quién mandaba y quién obedecía. Los pibes que éramos ese lunes todavía no obedecíamos a esa jerarquía, recién nos estaban entregando los uniformes.

Un soldado viejo entregaba remeras verdes y blancas. Las blancas para dormir, acotaba. Otro entregaba pantalones. Después borceguíes, medias, cinto, carpa. Todo se hacía así, mecánicamente. Firmábamos todo lo que nos entregaban. Era “el cargo”, nos decían. Yo no tenía sentimientos. Miraba todo como un pibe que nunca está del todo, como me pasaba afuera, como me pasó siempre.

Con el correr de los días iba a saber que sobrevivir a la colimba era sobrevivir a los pequeños detalles. Rebuscártelas para usar tu propia ropa interior. Resguardar tu intimidad en el baño. Mantenerte en silencio durante horas sin volverte loco.  No perder el paso en el desfile. Sincronizarse con otros cincuenta pibes para cualquier cosa: “Al pie de la cama, carrera marche”, “a los cofres, carrera marche”, “vestirse, carrera marche” “buscar los elementos de higiene, carrera marche”. Unos meses después, durante una salida, estaba comprando algo en un kiosco y un hombre habló fuerte. Yo me cuadré. Esa fue la señal de que algo dentro mío se había roto.

Dos semanas después de esa fila interminable ya tengo quince días de arresto. El pelo corto me quedaba bien aunque acentuaba el filo de mis pómulos. Estaba muy flaco. Me costaba creer que esos tipos vivieran así. Pensaba que debían ser cornudos o infelices. Me defendía con pensamientos. Todavía no había hablado con nadie realmente inteligente. Todo se debatía en mandar y obedecer. Amaban ser obedecidos. Aborrecían ser ignorados. Cada vez que pasaban por delante nuestro teníamos que enjuntar el cuerpo como en un acto de contrición, sacar pecho, pegar un taconazo y llevar la mano derecha hacia la sien en un cierto ángulo que nunca pude recordar pero sí sé que la mano tenía subir perpendicular a la línea del cuerpo y después bajar hasta la mitad. O al revés. Pero todo hecho con movimientos rápidos y enérgicos.

 

La comida era asquerosa, llena de carbohidratos y quién sabe qué más. Los magros pedazos de cordero que se comían una vez a la semana se despegaban de los huesos como gelatina y tenían un tufo de animal que hedía. La polenta era una mezcla de tonos marrones con pedazos de cebolla mal deshidratada.

Los baños no resguardaban la intimidad de nadie. Me resultaba horroroso tener que bañarme con un montón de desconocidos. Jamás había agua caliente y nos daban cinco minutos para bañarnos y afeitarnos. Yo no tenía siquiera rastros de barba pero igual me pasaba la máquina de afeitar.

Me hicieron jefe de la patrulla D. Siete pibes. Creo que éramos lo peor de la clase 1974. Pibes de campo, pibes que no entendían nada, fronterizos algunos. Los cascos nos quedaban grandes, los fusiles eran armatostes que arrastrábamos junto con una mochila pesadísima a través de las espinas pampeanas, detrás del cuartel. No aprendíamos las tácticas de guerra. Nos gritaban: “ataque de avión”, y realmente hacíamos cosas graciosas como escondernos detrás de una piedra de tamaño ridículo o quedarnos quietos como si jugáramos a la mancha venenosa o simplemente corríamos.

El sargento que nos daba instrucción nos basureaba. Uno de mis compañeros dejaba rodar sus lágrimas en silencio, otro contenía la rabia. Yo me sacaba todo el peso: mochila, casco, los cargadores llenos de balas reales, me dejaba puesta la remera y le decía: “deje de faltarnos el respeto”. Me gritaba: carrera marche, cuerpo a tierra. Yo obedecía y era una serpiente que se arrastraba sobre las espinas. Y me reía y aplaudía las espinas y me reía. No dejaba de reírme y de mirarlo con desprecio. Él tenía ganas de matarme porque yo era fuerte y con eso perdía su batalla.

 

Omar Carrasco

Omar Carrasco

El baile

Cada semana escuchábamos lo mismo: “La cuadra es una iglesia y yo, acá, soy Dios”. Por la noche le quitaba las espinas de las espaldas a mis compañeros. Los alentaba, nos alentábamos. Ya va a pasar, decíamos, no les demos el placer de vernos quebrados.

La última vez que la patrulla D salió era de madrugada. Un cabo nos hizo vestir silenciosamente. Nos dieron todos los pertrechos y salimos a patrullar. Caminamos por más de una hora. A lo lejos algún perro ladraba y las luces de la ciudad eran tenues y anaranjadas. Entramos a una zona boscosa. Avanzamos lentamente y nos dimos cuenta que estábamos solos en un claro. Nuestro guía, un cabo primero, había desaparecido. Me di vuelta para hablar con los chicos y fue el infierno. Una andanada de balas, bombas y gritos rompió la tenue corteza del aire de la noche. Un súbito resplandor nos iluminó los rostros aterrados. Todo era violeta. ¿Cómo íbamos a saber, en medio de aquella locura, que eran balas de fogueo y bombas de estruendo?

“Al suelo”, fue lo único que atiné a decir mientras ensordecía y se iluminaban las sombras. “Al suelo, la reputa que los parió”, decía zamarreando a uno de mis compañeros que se hacía pis encima y comenzaba a llorar llamando a su madre. El pajonal apenas nos cubría. Nos gritábamos entre nosotros. Y el ruido de las bombas y las balas eran una lluvia que venía de arriba de los árboles, de los árboles, del piso.

Uno de mis compañeros gritó: “por allá” y yo miré con todo el miedo y vi una parte del claro donde no se veían fogonazos. Gritó, grité, gritamos: “para allá” y empezamos a correr. Yo llevaba en vilo a L. que estaba en shock y no dejaba de llorar. De pronto cayó una red y atrapó a dos de mis compañeros. Una red con pis y mierda de caballo que los tapó, literalmente. El olor a pólvora y el olor de mierda y orín se mezclaban.

Estábamos asustados y locos. Hice un recuento. Quedábamos tres. Les dije de irnos lo más lejos posible cuando una voz, que reconocimos al instante, nos gritó: “¡Atención!”.

 

Amanecía cuando, maltrechos, nos volvimos a encontrar todos de nuevo. Algunos olían a orín. Todos estábamos rabiosos.

- Un soldado no debe perder su equipo.- Me dijo un teniente y me alargó el casco que había perdido en el baile. Miré el casco sin agarrarlo.

- Un soldado no sé, pero yo priorizo a mis amigos-

No recuerdo cuántos días de arresto me dieron. El calabozo era pequeño. Tenía una cama de hierro que se descolgaba de la pared. Si la cama estaba descolgada no había lugar para mantenerse en pie. Una abertura pequeña me dejaba ver parte del casino de oficiales, a lo lejos.

 

Colimbas en Malvinas

Colimbas en Malvinas

La baja

Disfruté decirles que eran unos hijos de puta. Disfruté no haber aprendido nunca a desfilar, equivocándome en el: “izquierda, derecha, izquierda”. Disfruté invitándolos a las piñas. Disfruté como pocas veces verlos rabiar porque no me tiraba cuerpo a tierra ni obedecía, disfruté decirles que yo no era su esclavo y negarme a cebarles mate. Disfruté hablar cuando exigían silencio.

La vida me había endurecido de tal manera que podía desafiarlos y seguir adelante. Mis compañeros no, mis compañeros tenían miedo y me odiaban a mí porque ellos también pagaban por mi desobediencia.

Colimba es la abreviación de corre, limpia y barre. Una de las máximas militares era: “todo lo que se mueve se saluda, todo lo que está quieto se limpia”

Jamás vi tanto boludeo, tanto energía desperdiciada. Jamás vi tanta humillación a un montón de pibes. El servicio militar fue horroroso. No había amor hacia el otro ni respeto. Uno era un esclavo emocional, en nombre de la patria, de tipos mediocres y verdugos. Todavía recuerdo una leyenda escrita con letras enormes en una de las paredes del comedor: “cuando el clarín de la patria llama, hasta el llanto de las madres calla”. Por suerte siempre fui poeta y detesté los versos altisonantes.

Por eso no tuve de qué asombrarme cuando un año después Carrasco murió en Zapala en una guarnición militar mientras cumplía con el servicio militar obligatorio. En ese momento no sabía que en Chile, por ejemplo, sólo en el lapso de ocho meses fueron denunciados 54 casos de violación de derechos humanos de jóvenes conscriptos. Que en el Perú, solo en el año 1999, se registraron 16 muertes de jóvenes. Que en Paraguay el Servicio Paz y Justicia contabilizó durante la década del noventa, 89 muertes, 10 de las cuales fueron “suicidios”, según informaron las autoridades militares. Pero tampoco me extraña. Cuando supe que las organizaciones sociales habían relevado 74 casos de vejámenes denunciados por ex combatientes de Malvinas -chicos de 18 a 25 años- y que estaban comprometidos 84 militares, pensé que no había de qué asombrase.

 

Los últimos meses fueron de una relativa paz, gracias a un nuevo jefe de apellido Soloaga. Cuando me llegó la baja, estaba feliz de irme. Antes de hacer la fila y ya vestido de civil fui al baño a mirarme en el espejo. Cuando mi madre me vio, libre y después de varios meses, no ocultó su horror: les di un nene y me devuelven un viejo.

El pibe cara de nene de trece años que había entrado había muerto con la barba que asomaba su sombra espesa y con el maltrato emocional sufrido durante meses. Mi único orgullo es haber sido el peor soldado de mi clase.

 

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Autor
Jotaele Andrade



Jotaele Andrade

Jotaele Andrade

La Plata 1974. Poeta.

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